Hay cosas que uno supone que los hijos van a recordar siempre. Pensamos en los grandes momentos: un viaje especial, una fiesta importante o ese regalo que esperaron durante meses.
Pero muchas veces los recuerdos que terminan quedando grabados en ellos son más simples. Una breve conversación antes de dormir, una salida improvisada, un simple viaje en auto, una pregunta hecha en el momento justo.
En El padre que yo quiero ser, Josh McDowell nos cuenta dos historias muy distintas. En una de ellas, un hijo despide a su padre diciendo algo que probablemente cualquier padre quisiera escuchar alguna vez: “Voy a extrañar a mi padre. Pero creo que voy a extrañar aún más a mi mejor amigo.”
En la otra historia aparece un hombre exitoso, admirado y económicamente próspero, que al final de su vida reconoce: “Gané prestigio, pero perdí a mi familia.”
Pero no se trata de pensar trabajo y familia como opuestos irreconciliables. Tampoco es una invitación a vivir culpables o pensando que cualquier hora extra en la oficina es una traición doméstica.
Quizás la pregunta de fondo sea otra: ¿Qué le estamos comunicando a las personas que más queremos acerca del lugar que ocupan en nuestra vida con nuestra forma de usar el tiempo y de estar disponibles para ellos?
Porque el tiempo, nuestra forma de emplearlo, tiene una manera silenciosa de hablar. Dice cosas incluso cuando no abrimos la boca.
Y a veces dice: "sos lo que más importa" y otras veces: "después vemos."
McDowell hace una distinción que me pareció especialmente interesante: una cosa es dar atención y otra muy distinta es estar disponible.
Dar atención puede ser llevar a un hijo a pasear, preparar algo para él o dedicarle un momento específico. Pero disponibilidad es otra cosa.
Disponibilidad es que alguien sienta que puede acercarse. Que encuentre una puerta abierta. Que perciba que no está interrumpiendo siempre.
En el libro, McDowell recuerda una escena muy simple:
El autor está escribiendo un manuscrito, nervioso porque la fecha límite de entrega está muy próxima cuando su hijo Sean se acerca a hablarle. El padre, nervioso y concentrado en sus asuntos, lo corta antes incluso de escuchar lo que quería decirle.
Entonces su esposa le dice una frase que nos conviene recordar a todos: “Siempre tendrás fechas de vencimiento. Pero no siempre vas a tener un hijo de siete años queriendo la atención de su papá.”
La frase nos golpea un poco porque señala algo real de nuestra vida cotidiana. Siempre parece haber algo pendiente: otro mail, otra reunión, otro mensaje, otro problema por resolver.
Y sin dudas, muchas veces esas cosas son importantes de verdad. Pero también es verdad que la vida no se detiene a esperar que terminemos nuestra lista de tareas, y cuando miramos hacia atrás el tiempo parece haber pasado en un suspiro.
La buena noticia es que algunas de las formas más profundas de decir “te quiero” no requieren grandes planes. A veces son cosas pequeñas: dejar el teléfono unos minutos; escuchar una historia larguísima que podría haberse resumido en treinta segundos; hacer una pregunta más; seguir una conversación cuando ya parecía terminada.
Hagamos el ejercicio de pensar en las personas que más nos marcaron a nosotros. Probablemente no fueron personas que hicieron algo espectacular una sola vez, fueron las que tenían alguna manera de hacernos sentir: "Estoy acá para vos"
Y quizá eso sea parte de lo que construye una amistad entre padres e hijos.
No perfección. No disponibilidad absoluta. No agendas vacías. Simplemente una presencia que, una y otra vez, comunica: "Lo que me querías decir era importante para mí."
Reflexión inspirada en fragmentos del libro "El Padre que yo quiero ser" de Josh McDowell
