“Ya no los llamo siervos… los he llamado amigos”.
Esa frase de Jesús en Juan 15:15 puede sorprendernos un poco. Estamos acostumbrados a pensar en Dios como Padre, Señor, Creador, Salvador. Y todo eso es verdadero. Pero Jesús también se anima a usar una palabra cercana, profundamente relacional: amigos.
En el mes de la amistad, solemos pensar en los vínculos que nos acompañan: esas personas con las que podemos hablar con libertad, descansar, compartir alegrías y atravesar momentos difíciles. Pero también puede ser una buena oportunidad para hacernos una pregunta más silenciosa: ¿cómo está nuestra amistad con Dios?
No se trata de bajar a Dios al nivel de una relación cualquiera, ni de olvidar su grandeza. Justamente porque Él es Dios, resulta aún más asombroso que nos invite a una relación de cercanía.
En El jardín de la amistad, Mariano Sennewald propone una imagen sencilla y profunda: la intimidad con Dios como un jardín. Un lugar de encuentro, pertenencia, conversación y regreso a lo esencial.
Un lugar al que volver
Todos conocemos esa sensación de estar demasiado ocupados, dispersos o llenos de ruido. A veces no dejamos de creer en Dios, pero sí dejamos de habitar la relación con Él. Seguimos con nuestras responsabilidades, nuestras rutinas, incluso con nuestras prácticas de fe, pero el corazón empieza a sentirse lejos.
La imagen del jardín nos ayuda a pensar la amistad con Dios no como una obligación más, sino como un lugar al que volvemos para recordar quiénes somos.
En la introducción del libro, el autor habla de volver a la esencia: recordar quiénes somos, a dónde pertenecemos y para qué fuimos creados. Esa es una idea muy valiosa. La amistad con Dios no empieza cuando logramos ordenar toda nuestra vida. Muchas veces empieza, simplemente, cuando dejamos de escapar del silencio y volvemos a presentarnos delante de Él con sinceridad.
Como ocurre con las amistades humanas, la cercanía no se improvisa. Se cultiva. Necesita tiempo, escucha, presencia, confianza. No siempre requiere grandes palabras. A veces alcanza con volver a abrir un espacio en medio del día y decir: “Señor, acá estoy”.
Una relación cotidiana
Uno de los aportes más lindos de esta lectura es que no presenta la intimidad con Dios como una experiencia extraordinaria reservada para momentos especiales. La muestra como un hogar. Un lugar donde el alma aprende a permanecer.
Eso cambia la manera de pensar la vida espiritual. Porque si la amistad con Dios es solo un evento, dependemos de momentos intensos. Pero si es una relación cotidiana, puede crecer en medio de lo simple: una oración breve antes de empezar el día, una lectura bíblica hecha con calma, una conversación honesta en el auto, en la cocina, en una caminata o antes de dormir.
La amistad con Dios no siempre se vive en escenarios ideales. A veces se cultiva en días cargados, con cansancio, preguntas o preocupaciones. Pero justamente ahí se vuelve necesaria. No se trata de salir de la vida para encontrarnos con Dios, sino de aprender a vivir la vida con Él.
Hay amistades que nos ayudan a volver a nuestro centro. Nos escuchan, nos ordenan, nos recuerdan lo importante. La relación con Dios hace algo aún más profundo: nos devuelve a nuestra identidad. Nos recuerda que no somos solamente lo que hacemos, producimos o resolvemos. Somos hijos amados, llamados a vivir cerca del Padre.
Cercanía que despierta propósito
A veces podemos pensar la intimidad con Dios como algo solamente interior: un refugio, un descanso, un espacio de consuelo. Y ciertamente lo es. Pero no es solo eso.
En el primer capítulo de El jardín de la amistad, el autor vuelve al relato de la creación y muestra que el jardín no era un lugar pasivo. Allí también había propósito. Dios le confía al ser humano una tarea, una misión, una responsabilidad. La amistad con Dios no lo desconecta de la tierra; lo ubica mejor en ella.
Esa idea es importante. La cercanía con Dios no nos vuelve indiferentes a lo que pasa alrededor. Al contrario, nos ayuda a vivir con más claridad. Desde esa relación aprendemos a amar mejor, servir mejor, decidir mejor y mirar nuestra vida con un sentido más profundo.
Cuando nos alejamos de Dios, muchas veces también se desordena nuestra percepción del propósito. Nos movemos por urgencias, comparación, presión o costumbre. Pero cuando volvemos a ese “jardín” de amistad, el corazón empieza a recordar qué cosas valen de verdad.
No se trata de hacer más, sino de vivir desde un lugar más sano. No se trata de llenar la agenda de actividades religiosas, sino de permitir que la relación con Dios ilumine lo cotidiano: la familia, el trabajo, los vínculos, las decisiones, el descanso, los proyectos.
El camino de regreso
También hay momentos en los que acercarnos a Dios no resulta tan simple. La culpa, la vergüenza, el cansancio o la sensación de haber fallado pueden hacernos tomar distancia. Como en el relato del Edén, el corazón humano muchas veces se esconde.
Pero el mensaje cristiano no termina en esa distancia. Jesús abre el camino de regreso. Él mismo es la expresión más clara del deseo del Padre de tenernos cerca.
Por eso, hablar de amistad con Dios no es hablar de una relación liviana o superficial. Es hablar de una invitación profunda: volver al lugar donde fuimos pensados, recibidos y amados.
Quizás este mes de la amistad pueda ser también una oportunidad para recuperar esa pregunta: ¿estoy cultivando mi amistad con Dios?
No como una carga más. No como una exigencia religiosa. Sino como quien vuelve a un lugar conocido, a una conversación pendiente, a un jardín donde el alma recuerda que pertenece.
El jardín de la amistad, de Mariano Sennewald, nos invita justamente a eso: a redescubrir la intimidad con Dios como un camino de regreso a la esencia, a la cercanía y al propósito para el que fuimos creados.
