¿Cuántas veces sentimos que todo necesita de nosotras al mismo tiempo?

En pocas generaciones, la vida de las mujeres se llenó de nuevas responsabilidades. El trabajo, la profesión, los estudios y otras exigencias se fueron sumando a las tareas del hogar, la iglesia y para muchas, también el cuidado de los hijos. No es extraño que vivamos con la sensación de que las obligaciones nunca parecen terminar.

Nos vamos a dormir repasando la lista de pendientes, y por la mañana el celular ya nos reclama algo antes de que hayamos podido siquiera orar.

Y muchas veces seguimos adelante casi por inercia. Hacemos un poco más, asumimos una responsabilidad más, tratamos de llegar a todo, hasta que el cansancio empieza a aparecer no solamente en el cuerpo, sino también en nuestra paciencia, en nuestras relaciones y hasta en nuestra manera de acercarnos a Dios.

Entre las páginas de De mujer a mujer: Conversaciones francas entre usted y yo, Joyce Meyer plantea una pregunta sencilla pero incómoda: ¿puede una vida demasiado ocupada terminar desplazando aquello que realmente nos sostiene?

 

Hacer para Dios no es lo mismo que estar con Dios

Vale la pena comparar el tiempo que dedicamos a hacer cosas para Dios con el tiempo que dedicamos simplemente a estar con Él. La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es.

Podemos participar en actividades de la iglesia, ayudar a otras personas, asumir responsabilidades, servir, acompañar y hacer muchas cosas que nacen de buenas intenciones. Ninguna de ellas es necesariamente un problema.

La dificultad aparece cuando la actividad termina ocupando también el lugar de la relación.

Podemos estar muy ocupadas haciendo cosas relacionadas con nuestra fe y, al mismo tiempo, haber dejado poco espacio para detenernos, orar, leer la Palabra, escuchar o simplemente permanecer en la presencia de Dios.

Meyer utiliza una idea muy gráfica para expresarlo: no somos hacedores humanos, somos seres humanos. Y un ser se define ante todo por lo que es, y no solamente por lo que hace.

Puede sonar como un simple juego de palabras, pero señala algo bastante profundo: nuestra vida no puede sostenerse únicamente sobre todo lo que somos capaces de producir, resolver o completar.

 

Ser capaces de hacer algo no significa que debamos asumirlo

Cuando nos acostumbramos a responder a cada necesidad que aparece —algo especialmente frecuente en mujeres que cuidan, acompañan y sostienen a otros—, decir que no puede resultar difícil al principio. A veces porque sentimos responsabilidad; otras, porque no queremos decepcionar a nadie. Y con frecuencia porque nos acostumbramos a pensar que, si tenemos la capacidad de hacer algo, eso significa que debemos decir que sí.

Esa lógica merece revisarse. Meyer anima a aprender a decir que no cuando hace falta y a poner límites para no terminar desgastándonos con cosas que quizá nunca tuvimos que asumir.

No se trata de abandonar responsabilidades ni de convertir el descanso en una excusa. Se trata de reconocer que nuestras fuerzas son limitadas y que una agenda demasiado llena no siempre es señal de una vida bien orientada.

En ocasiones, cuidar aquello que realmente importa requiere justamente dejar algunas cosas afuera.

 

El cansancio no queda solamente en el cuerpo

Cuando no ponemos límites, el costo suele aparecer en otro lado. Meyer cuenta que durante años pudo pasar días enteros enojada, hasta que notó que esa tensión no se quedaba en el ánimo: le pasaba factura al cuerpo y a sus relaciones.

Y su observación es simple: cuando estamos cansadas nos volvemos más vulnerables.

Tenemos menos paciencia. Nos frustramos más rápido. Una pequeña dificultad parece mucho más grande. Algo que en otro momento resolveríamos con tranquilidad puede transformarse en un conflicto.

Seguramente todas hemos vivido alguna versión de esto. Hay días en los que lo que cambia no son los problemas: cambia nuestra capacidad para enfrentarlos.

El descanso no es un premio para cuando terminemos todo. Está en el ritmo mismo de la creación: Dios descansó el séptimo día y, más tarde, apartó un día semanal de descanso para su pueblo (Génesis 2:2-3; Éxodo 20:8-11). Recuperar fuerzas no es un lujo; es parte de nuestra condición humana.

 

Una paz que no depende de una agenda vacía

Está claro que no podemos eliminar todo estrés de nuestra vida. De hecho, cierto nivel de presión cotidiana es inevitable.

Siempre habrá responsabilidades, imprevistos, etapas exigentes y situaciones que no podemos controlar. Lo importante es aprender dónde buscar nuestra fortaleza en medio de todo eso.

Filipenses 4:6-7 lo dice así: “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús”

Podemos tratar de sostener todo únicamente con nuestras propias fuerzas, o podemos reconocer que necesitamos una fuente de fortaleza que no dependa de nuestra capacidad para mantener cada cosa bajo control.

 

Volver a lo esencial

Muchas veces, mientras hacemos tantas cosas, vamos dejando cada vez menos espacio para aquello que también necesitamos nosotras, lo que realmente nos sostiene.

El libro de Meyer nos invita a volver a una relación cercana con Dios y su Palabra, no como una tarea más dentro de una agenda cargada, sino como el lugar desde el cual encontramos fuerzas para vivir todo lo demás.

Quizá valga la pena hacernos una pregunta sencilla: ¿nuestra vida está tan llena de cosas para hacer que estamos dejando poco espacio para estar con Dios?

Si es así, tal vez el primer paso sea pequeño: diez minutos sin celular, una oración antes de empezar la mañana, soltar una obligación que nunca fue nuestra.

No siempre podremos reducir nuestras responsabilidades. Pero sí podemos revisar prioridades, aprender a poner algunos límites y recordar que nuestra vida con Dios no comienza después de terminar todo lo pendiente.

Puede comenzar justamente allí, en medio de la vida real, ocupada e imperfecta, cuando volvemos a hacer lugar para estar con Él.


Reflexión inspirada en capítulos del libro De Mujer a Mujer de Joyce Meyer